

La familia Cacabelos fue otro de los grupos duramente golpeados por la represión. El matrimonio integrado por José Cacabelos Muñiz y Esperanza de la Flor vivían en el partido de San Martín, provincia de Buenos Aires. Tuvieron cinco hijos: Esperanza María, María Cristina, Ana María, José Antonio y Cecilia. Era un hogar muy religioso, católicos practicantes. Aunque el padre se había identificado con el peronismo desde sus orígenes, el enfrentamiento de Perón con la Iglesia, los había alejado del movimiento.
La familia Cacabelos reunida el día en que Esperanza cumplió sus quince años. De pie: José Antonio y su padre José Cacabelos, Esperanza de la Flor Muñiz y María Cristina; sentados: Cecilia, Esperanza y Ana María (1964) (Fotografía: Gentileza Ana María Cacabelos).De todos modos, aunque en la casa se hablaba bastante poco de política, sí se debatían cuestiones referidas al compromiso social. A mediados de los años sesenta, los Cacabelos se mudaron a Córdoba. Esperanza, la mayor de los hermanos, terminó su escuela secundaria.
Volvieron a Buenos Aires, poco antes del Cordobazo. Pero las movilizaciones populares en la provincia mediterránea fueron un detonante. Esperanza había iniciado estudios de Historia en la Universidad del Salvador. Allí se sumó a un grupo vinculado al sacerdote jesuita José “Pichi” Meisegeier que, en 1972, viajó a Entre Ríos para trabajar con los hacheros y vivir en carne propia sus carencias, sus problemas. Era uno de los equipos que enmarcaban su trabajo en el movimiento tercermundista. María Cristina, la segunda de los hermanos, en cambio, tenía otras ideas, claramente opuestas. En la casa, la autoridad paterna comenzó a ser cuestionada, como sucedía en muchas familias por aquellos días.
José Antonio y Cecilia de vacaciones en Córdoba (1975)
Al producirse el primer retorno de Perón, el 17 de noviembre de 1972, Esperanza marchó hacia Ezeiza con las columnas de la JP; ya se había puesto de novia con Edgardo de Jesús Salcedo, un militante nacionalista, con el cual hacía trabajo en las villas. Edgardo había adquirido notoriedad al participar del Operativo Cóndor, el 28 de septiembre de 1966 (ver Edgardo Salcedo y los cóndores en recuadro aparte). En su densa trayectoria había actuado como custodio de Isabel Perón y militaba en el gremio telefónico, uno de los más combativos de la época.
José Antonio, el único hijo varón, había mostrado rasgos de líder desde muy chico, ya en la escuela secundaria. Estudió en el Instituto Ceferino Namuncurá, de Florida, y luego terminó en el Colegio San José. Militaba en los grupos de la ortodoxia peronista como Guardia de Hierro.
Eran momentos de euforia, de grandes movilizaciones populares. La dictadura de la Revolución Argentina estaba llegando a su fin. El 20 de junio de 1973, Esperanza, Edgardo, José Antonio y Ana María, la tercera de los hermanos, fueron a recibir a Perón en su retorno definitivo. Pero la jornada terminó en una masacre cuando distintos grupos del peronismo se enfrentaron a campo abierto. José Antonio decidió dejar Guardia de Hierro y a partir de ese momento se sumó también a la Juventud Peronista, cercana a los Montoneros.
La familia Cacabelos reunida el día en que Esperanza cumplió sus quince años. De pie: José Antonio y su padre José Cacabelos, Esperanza de la Flor Muñiz y María Cristina; sentados: Cecilia, Esperanza y Ana María (1964) (Fotografía: Gentileza Ana María Cacabelos).De todos modos, aunque en la casa se hablaba bastante poco de política, sí se debatían cuestiones referidas al compromiso social. A mediados de los años sesenta, los Cacabelos se mudaron a Córdoba. Esperanza, la mayor de los hermanos, terminó su escuela secundaria.
Volvieron a Buenos Aires, poco antes del Cordobazo. Pero las movilizaciones populares en la provincia mediterránea fueron un detonante. Esperanza había iniciado estudios de Historia en la Universidad del Salvador. Allí se sumó a un grupo vinculado al sacerdote jesuita José “Pichi” Meisegeier que, en 1972, viajó a Entre Ríos para trabajar con los hacheros y vivir en carne propia sus carencias, sus problemas. Era uno de los equipos que enmarcaban su trabajo en el movimiento tercermundista. María Cristina, la segunda de los hermanos, en cambio, tenía otras ideas, claramente opuestas. En la casa, la autoridad paterna comenzó a ser cuestionada, como sucedía en muchas familias por aquellos días.
José Antonio y Cecilia de vacaciones en Córdoba (1975)
Al producirse el primer retorno de Perón, el 17 de noviembre de 1972, Esperanza marchó hacia Ezeiza con las columnas de la JP; ya se había puesto de novia con Edgardo de Jesús Salcedo, un militante nacionalista, con el cual hacía trabajo en las villas. Edgardo había adquirido notoriedad al participar del Operativo Cóndor, el 28 de septiembre de 1966 (ver Edgardo Salcedo y los cóndores en recuadro aparte). En su densa trayectoria había actuado como custodio de Isabel Perón y militaba en el gremio telefónico, uno de los más combativos de la época.
José Antonio, el único hijo varón, había mostrado rasgos de líder desde muy chico, ya en la escuela secundaria. Estudió en el Instituto Ceferino Namuncurá, de Florida, y luego terminó en el Colegio San José. Militaba en los grupos de la ortodoxia peronista como Guardia de Hierro.
Eran momentos de euforia, de grandes movilizaciones populares. La dictadura de la Revolución Argentina estaba llegando a su fin. El 20 de junio de 1973, Esperanza, Edgardo, José Antonio y Ana María, la tercera de los hermanos, fueron a recibir a Perón en su retorno definitivo. Pero la jornada terminó en una masacre cuando distintos grupos del peronismo se enfrentaron a campo abierto. José Antonio decidió dejar Guardia de Hierro y a partir de ese momento se sumó también a la Juventud Peronista, cercana a los Montoneros.
Esperanza y Edgardo se casaron en ese contradictorio 1973 y tuvieron un hijo, Gerardo, en 1974. Pero las cosas se estaban poniendo feas. El enfrentamiento con Perón, el accionar de la Triple A, fue arrinconando a la izquierda peronista.
Ana María lo recuerda de esta manera: “Desde que Perón manifestó claramente cuáles eran sus intenciones, la suerte ya estaba echada para los jóvenes de la época. En ese proyecto, ya no tenían cabida”. Y aunque no acordaba con la violencia, estaba comprometida en la protección, en el cuidado de su familia. Pero el golpe de 1976 llevó la situación a un extremo. La militancia de los hermanos Cacabelos continuó pero al poco tiempo se produjo el primero de una serie de terribles sucesos.
Durante la noche del 7 de junio de 1976, José Antonio fue secuestrado al salir de su casa, en la intersección de la avenidas Mitre e Hipólito Yrigoyen, Florida, provincia de Buenos Aires. Concurría a una cita a la que no pudo llegar. Varios hombres que bajaron de un auto se lo llevaron por la fuerza, según el testimonio de un vendedor de diarios.
José Antonio tenía ya 18 años y lo llamaban Jopo. El apodo se lo habían puesto sus hermanas que trataban de domesticar sus rulos, haciéndole doble raya y un montoncito al frente. Sus captores le permitieron llamar a su casa, para informar que estaba detenido por “averiguación de antecedentes”. Pero Ana María y Cecilia dejaron la casa esa noche, temiendo un allanamiento. Su padre, funcionario de la Presidencia de la Nación, recurrió a sus superiores, que eran militares en actividad. Lo único que obtuvo fue la confirmación de que José no estaba detenido en ninguna comisaría.
Los cinco hermanos Cacabelos, el día del casamiento de Esperanza María (1973). De Izquierda a derecha: José Antonio, María Cristina, Esperanza María, Cecilia Inés y Ana María. (Fotografía: Gentileza Ana María Cacabelos)
En la noche del 9 de junio, Ana María volvió a su casa de la calle Francia 3489. Durante la madrugada, tocaron el timbre. Eran muchos hombres armados que venían a allanar el domicilio de los Cacabelos y traían a José, esposado. Parecía estar físicamente bien. Manifestaron que debían encontrar cierta documentación, que finalmente no hallaron. José pudo hablar con Ana María y le pidió que convenciera a Esperanza y Cecilia para que se entregaran. Los captores hablaron con los padres, le dijeron que José era “recuperable”, pero exigían la presentación de Esperanza. Les prometieron que respetarían su vida pero no la de Edgardo, el cual había sido “condenado a muerte”. La pareja estaba siendo cercada por un grupo de tareas de la Marina. Tras la caída de José, dejaron su vivienda en Florida; poco después fue allanada y saqueada. También allanaron la casa de la madre de Edgardo, donde secuestraron a su hermano Gregorio (Goyo). No tenían recursos como para intentar salir del país, si lo hubieran deseado.
Nuevamente seguimos el relato de Ana María: “Ahí cambiaron mucho las cosas. Empezaron a llamar para ver si las había visto. Yo me reunía a escondidas periódicamente con ellas por separado, según sus llamadas. Todo era siempre muy rápido. Me traían cartas para mis padres Con Cecilia lo hacía en confiterías o caminando. Con Esperanza me encontré un día en el patio de la Universidad del Salvador, días antes de su asesinato. Fue un 6 de julio, mi sobrino cumplía dos años. La noté distinta, me pidió por Gerardito, para que quedara en casa si a ella le pasaba algo.”
Poco después, el 12 de julio, Esperanza y Edgardo volvieron a ser localizados en el barrio de Palermo, en un edificio de la calle Oro 2511, 11º C, a metros de Av. Santa Fé, donde vivían con su hijo. Luego de un feroz enfrentamiento de varias horas de duración con fuerzas militares y policiales, ambos resultaron muertos (ver La muerte de Edgardo Salcedo en recuadro aparte). El niño fue encontrado, oculto en la bañera y tapado con una frazada; sin heridas, fue dejado en el Hospital Fernández.
(La modalidad utilizada para la protección de los menores fue reconocida por Roberto Perdía, miembro de la cúpula de Montoneros. En una entrevista concedida a Marta Diana, para el libro “Mujeres guerrilleras”, recordaba: “Nuestra casa era también nuestra base. Eso imponía inevitablemente, un estado de movilización permanente para todos los que vivían con nosotros. Cada casa era un miniejército, con normas de seguridad e instrucciones precisas a cumplir cotidianamente, y más aún cuando se sospechaba que la casa había sido identificada, o podía sufrir un allanamiento. Muchas veces, después de un operativo, las noticias comentaron casos de niños que se encontraron debajo de un colchón, por ejemplo. Esto no era una casualidad. A los chicos que vivían en una casa les enseñaban qué hacer en caso de allanamiento. Cada uno tenía su lugar prefijado para protegerse de los disparos. Bajo la cama, dentro de un ropero, en un baño posterior, etcétera.”)
El padre de Esperanza se presentó en la comisaría que está frente al Jardín Botánico al confirmarse su muerte. Gracias a la intervención de un jefe militar, pudieron recuperar los cadáveres, velarlos juntos y darles sepultura en el cementerio de la Chacarita, un día viernes. Según Ana María, ambos tenían disparos en la nuca, pero Edgardo además tenía una herida muy visible en el tórax. Allí les informaron que el pequeño Gerardo estaba en el Hospital Fernández de donde fue retirado por Mirta, la hermana de Edgardo, que era médica. A partir de entonces fue criado por sus abuelos maternos.
Edgardo Salcedo y los cóndores
En junio de 1966, un grupo de jóvenes vinculados a sectores peronistas y nacionalistas organizaron el “Operativo Cóndor”. Desviaron un vuelo de Austral para obligarlo a aterrizar en el aeropuerto de Port Stanley, en las islas Malvinas. Allí emplazaron un mástil e izaron la bandera argentina, mientras entonaban el Himno Nacional. Edgardo estaba entre los miembros del comando y ya demostraba ser un hombre de acción. El avión fue rodeado por los ingleses y los jóvenes depusieron su actitud al día siguiente, siendo deportados a la Argentina. Fueron juzgados y condenados a prisión durante el gobierno de facto del Gral. Juan Carlos Onganía. Algunos de ellos como Dardo Cabo, Alejandro Giovenco y Edgardo Salcedo tuvieron una extensa trayectoria política, aunque sus caminos se bifurcaron. Los tres tuvieron muertes violentas. Dardo Cabo integró el grupo Descamisados y más tarde se incorporó a Montoneros. Detenido en la cárcel de La Plata fue fusilado en un “intento de fuga” fraguado (1977). Giovenco se vinculó a los grupos de choque de la derecha peronista y falleció al explotar accidentalmente un explosivo que trasladaba en su maletín (1974).
Esperanza “Pachi” Cacabelos y su marido Edgardo Salcedo el día de la boda (1973)
(Fotografía: Gentileza Ana María Cacabelos).
Al día siguiente, recibieron un llamado de José Antonio desde su lugar de detención. Ellos no supieron hasta mucho después que estaba en la ESMA. Les decía que sabía lo que había sucedido con Esperanza y Edgardo, que le habían mostrado sus cuerpos. Volvió a insistir con su reclamo para que Cecilia se presentara ante los militares.
José Antonio Cacabelos, detenido-desaparecido el 6 de junio de 1976. Permaneció con vida en la ESMA al menos hasta el 27 de octubre de ese año, fecha de la última comunicación telefónica con su familia.
El testimonio de Laura Reboratti asegura que mientras estuvo detenida en la ESMA (entre el 6 y el 27 de julio de 1976), los captores la hicieron entrar en contacto con José. “Su estado físico era aparentemente bueno. Era un chico muy delgado, tenía aspecto de cansado y algunas marcas de las esposas (como todos)”. La charla no fue casual. Los captores trataron de inducirlos a “colaborar”.
En agosto, se produjo un nuevo allanamiento en el edificio de Santa Fé y Oro, pero en el departamento B del mismo piso, del cual fue secuestrada Mirta Grosso; conducida a la ESMA, fue torturada para extraerle información. “Trasladada” probablemente a principios de septiembre, aún permanece desaparecida.
(Ver http://derechos.org/nizkor/arg/doc/esma.html)
Los llamados telefónicos de los captores continuaban. El 30 de septiembre de 1976, cuando José Antonio cumplía los 19 años, llamaron a Ana María. Le dijeron que José Antonio quería verla. Al atardecer, la recogieron en Roca y Mitre, en Florida, y la llevaron hasta Ciudad Universitaria, donde esperaba su hermano en otro auto.
“Se lo veía bien. Era por el tema de Cecilia. Quería salvarla a toda costa. Y eso sería posible si estaba con él. La única que lo podía hacer era y; para mí, era una garantía la propia supervivencia de José. Lo mismo dijo el represor que dirigía el operativo. Fue largo, los demás estaban impacientes, querían irse. Luego me acercaron hasta casa. ‘Ahora nos vamos a festejar el cumpleaños de José’, me dijeron. Todos estaban con sus rostros al descubierto.”
José Antonio y Cecilia en un paseo por la ciudad de Luján
(Fotografía: Gentileza Ana María Cacabelos)
Ana María tomó entonces la decisión. Consultó previamente con un sacerdote pero ni él ni sus padres influyeron finalmente. ¿Qué era lo mejor? No estaba claro, pero la prueba era José vivo. Las llamadas de los captores se hicieron diarias, a la casa y al trabajo.
Finalmente Cecilia llamó un día al trabajo y quedaron en reunirse a las 16 hs. en una confitería de Av. Corrientes y Dorrego; cuando los militares se comunicaron, Ana les dio el lugar de la cita. Allí fueron encapuchadas y llevadas a la ESMA en autos separados. Al llegar la hicieron llamar a su casa con el fin de calmar a sus padres. Les dijo que estaba con amigas. Luego la hicieron esperar en un pasillo mientras Cecilia era interrogada. La llevaron a una sala donde le ofrecieron un té.
Al rato, la cambiaron a otra sala. Desde allí escuchaba otras voces, ruidos. Había música a todo volumen; una mujer llamaba a gritos para ir al baño. Escuchó ruido de cadenas que la persona arrastraba al caminar. Alguien entró y le preguntó a otro si ella era la hermana de José. Ordenó que la retiraran del lugar. Ana María pudo ver un poco moviendo la capucha. Era un oficial con ropa de fajina de la Marina. Le ofrecieron un sándwich pero lo rechazó.
Se preparaban para un operativo; se oían ruidos metálicos. Como de armas. Finalmente, la subieron a un auto y la dejaron en Av. Federico Lacroze y Crámer, en la estación Colegiales.
El 27 de octubre, Cecilia y José llamaron por teléfono. Hablaron con sus padres. Les dijeron que por un tiempo se iba a cortar el contacto, pero que no se preocuparan porque iban a estar bien. Nunca más se supo de ellos.
La esquina de Av. Corrientes y Dorrego, donde secuestraron a Ana María y Cecilia Inés Cacabelos, el 11 de octubre de 1976. Fueron llevadas a la ESMA, donde ya estaba detenido su hermano José Antonio, desde el mes de junio de ese mismo año.
La muerte de Edgardo Salcedo
“No está probado que la agresión que provocó la muerte de Edgardo de Jesús Salcedo fue llevada a cabo mientras éste se encontraba en total indefensión. Ello surge de las conclusiones del informe médico de la autopsia donde se mencionan seis lesiones, de las cuales la primera y la segunda causaron la muerte de Salcedo, al impactar en el cráneo y tórax, verificándose que la lesión nº 1 es debida al accionar de arma de fuego a menos de 50 cm por existir signos de deflagración de pólvora (confr. ampliación de dicho informe pericial). Si bien no llegó a conocimiento del Tribunal la causa militar anteriormente citada, estos elementos de juicio no permiten determinar si la víctima, al recibir el balazo referido, estaba o no en condiciones de resistir a las fuerzas atacantes. El tiro que impactó el tórax de la víctima perforó la tercera costilla y atravesó el pericardio y el corazón, y el disparo fue efectuado a una distancia mayor de 50 cm. (confr. ampliación de esta pericia). Es decir que este impacto fue producido desde lejos no pudiendo decirse lo mismo del que atravesó el piso de la boca de la víctima y que exigió en el autor que el causante estuviera inmovilizado para poder servir de blanco en estas condiciones, inmovilización que, a no dudarlo, la pudo producir el impacto que dio en la zona torácica. En tal sentido, la lógica indica que el disparo efectuado a mayor distancia tiene prelación respecto al más cercano. Así las cosas debe aceptarse que cuando los atacantes se acercaron al abatido a una distancia suficiente como para introducirle un arma en la boca y accionarla, la víctima ya se encontraba sin vida. Por ello es que debe aceptarse la versión oficial de que la muerte ocurrió en un enfrentamiento”.
(Extracto de la Causa 13/84; Caso nº 464: Edgardo de Jesús Salcedo)
Todavía en su declaración indagatoria del 28 de junio de 2006 ante el juez Sergio Torres, el Capitán de Navío (RE) Jorge E. Perren*, uno de los represores más conocidos de la ESMA, recordaba:
“Como tema aparte, no entiendo cuál es la acusación sobre el conocido y violento tiroteo ocurrido a mediados de julio del 76, en un departamento de la calle Oro a metros de la Avenida Santa Fé, en el cual participé personalmente, por lo cual me consta, y donde murieron lo que se llama ´a tiro limpio´ y hasta diría valientemente en su ley, el matrimonio conformado por una señora Esperanza Cacabelos y su marido Edgardo Salcedo, quien era experto en explosivos de la organización Montoneros. Se omite mencionar en tal acusación que la muerte fue en un verdadero combate y que nuestra fuerza tuvo dos heridos, un oficial de policía con un balazo en un muslo y el jefe del operativo y subdirector de la Escuela de Mecánica, entonces Capitán de Fragata Salvio Olegario Menéndez, quien fue gravísimamente herido” (...) a lo cual sobrevivió luego de siete operaciones, en el país y en el exterior.”
* Perren, alias Puma, falleció de neumonía en el Hospital Naval a la edad de 68 años, el 31 de octubre de 2007. Estaba detenido en Campo de Mayo desde 2003.
Ana María Cacabelos (octubre 2007)
Bibliografía
Caso nº 476: Equipo Nizkor, septiembre de 2006.
http://www.nuncamas.org/juicios/espania/espania_051000_04.htm).
Comisión Nacional sobre Desaparición de Personas (CONADEP). Legajo nº 3715.
Roberto Baschetti. La memoria de nuestro pueblo, febrero 2007, pág. 39.
Roberto Baschetti. La memoria de los de abajo: hombres y mujeres del peronismo revolucionario 1945-2007. La Plata, Ediciones de la Campana, 2007; 2 vol.
Marta Diana. Mujeres guerrilleras. Buenos Aires, Editorial Sudamericana, 2002.
Memoria Abierta. Entrevista a Ana María Cacabelos. Buenos Aires, Archivo Oral, entrevista nº 0336, 2004.
Escuela Secundaria Scholem Aleijem. Entrevista a Ana María Cacabelos. Buenos Aires, Archivo Oral, 2007.
Testimonio de Laura Alicia Reboratti (Archivo Escuela Secundaria Scholem Aleijem, 2007)
1 comentarios:
Ana María: Siempre fue un profundísimo afecto y cariño personal que espero hayas sentido. Ahora es admiración por tu entereza. Carlos.
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